Rhythms of Yalí, Part 02… Ritmos de Yalí, Segunda Parte

En español abajo.
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Their sounds are hollow, and sometimes violent.   Living in doña
Norma’s castle on the hill, I would work in the large open air space,
the room that made me think of my grandma’s colonial style home in Los
Teques, Venenzuela.  Banana trees standing 6 meters high surrounded
us.  While in-season and fresh, the banana fronds are regal, large
green masses that offer immense shade below; months later they dry up
and their ends fray.  In the mornings, the winds would forcefully blow
through the spaces between the banana trees, and their ragged ends
slapped against each other.  As the day wore on and the temperature
crept up, the heat and the zinc roofs resisted one another, and my
ears observed the sporadic crunching of the high temperature against
the metal above my workplace my.  It feels completely different when
it rains.  Slipping down the walls, filling up water reservoirs, the
sound fans as the rain gains more intensity.  It’s like a white sound,
steady as a motor, but uneven when it reaches the ground, splattering
or sliding into the grooves of the cobblestones.  When she is calm,
you feel as if it is only raining around you, but when her clouds
become heavier, they rip open from straight above.  It is powerful and
dizzying to watch as the water scoops itself into the drains and
gushes down the street, leaving thin layers of water everywhere.

Since I have moved to two homes on the edge of the central park and
basketball court, now I more frequently hear the evidence left by the
drunkard during his haphazard exploits from the night before: the
ground is littered with clear plastic half-liter bottles.  Their
yellow cap and label seen from afar identifies them as the cheapest
moonshine drunk by the teenage boys from 10pm and later, or by
middle-aged men, sitting in the park, hunched over, at 11am.  At
nighttime, one only hears a chorus of male voices shouting and
neighing that intercalates the exchange of subtle, hushed whistles-
their way of operating in their own system of communication.  The next
day a crowd of nine-year old boys shuffle around the same empty bottle
with their feet, for lack of a soccer ball.  It springs off of the
cement curb’s edges, and rolls down the ridged cobblestone-paved
streets.  It is flat, unexciting, and monotonous, and its
reverberation quickly disappears just as it vanishes, tumbling down
the street.

They propel you into a meditative rhythm and leave your fingers rough
and red.  I enjoy my time with my lavadero, my washboard, washing
dishes and clothing.  I impress my ten fingers and clothing into the
washboard, going against the grain of the horizontal cement grooves.
I steadily knead my fingers into the clothing, clothing rubs against
the cement channels, and soapsuds multiply.  My upper body rocks
forwards and backwards, commanding the alternating movement my arms
and hands.  My left hand scoops up water in a small Tupperware.  The
movement of my left wrist permits me to unload generous amounts of
water onto the washboard and squeeze out the remaining soap after
repeating the pattern several times.  My thoughts drift away and I am
able to untangle attachment to daily worries.

They accompany your last thoughts, as you lay curled up at the end of
the day.  The rare nights I choose to stay in, aware the town party
romps on, I am with myself to reassess the day, the week, maybe
tomorrow.  The miniature geckos, which we call perrozompopos here,
race across the walls in sinuous patterns.  Rompen el silencio.  They
break the silence by their unique click they produce with their
tongues.

The party will go on till 12am, either in one of the large brick
cellars.  One normally stores sacks of onions, beans, etc., and the
other is an Evangelical Radio.  More often than not, I am there, heavy
makeup outlining my eyes, and tight, pressed jeans and blouse, as I
have learned to follow suit here in Yalí.  The green and blue lights
from a revolving machine shoot the walls at an intermittent pace,
bending at straight angles.  The bass reverberates and enhances the
basic metric pattern of the music.  Sweat beads roll down my forehead
or escape into my hair at a discontinuous pulse.  It’s a cacophony of
not only sounds but also movement: some move at a retired beat, others
intensely move to decipher the larger content of every bass-beat and
accompanying sound. Boom-ch-boom-chick.  Boom-ch-boom-chick, says the
steady kick-drum and syncopated snare.

I can imagine the panorama inside the dance hall, even if I have
withdrawn to my bed to begin another solitary eight hours.  I let my
thoughts drift away somewhat tangled in the distractive yet inviting
beat of the music that roars on top of the hill.

xo
Mariel

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Sus sonidos son huecos a veces violentos.  Cuando vivía en la casa de
doña Norma, preparaba mis charlas en el salón abierto, el espacio de
la casa que me hizo pensar en la casa vieja, media-colonial de mi
abuela cuando ella vivía en Los Teques, Venezuela.  Palos (matas) de
guineos (bananos) que medían 6 metros de alto nos rodeaban.  Cuando
estaban en temporada, las hojas del guineo lucían como grandes masas
verdosas cubriéndonos desde arriba como parasoles.  Al pasar de los
meses las hojas se fueron marchitando y desgastando.  Por las mañanas,
soplaban violentos ventarrones a través de las matas de guineo, y sus
hojas deshilachadas se golpeaban unas a otras.  Cuando me agarraba la
tarde y la temperatura subía, mis oídos notaban el crujir esporádico
entre el calor y el zinc del techo, los dos resistiéndose.  Con la
lluvia me entraba otra onda.  Resbalándose sobre la superficie de las
paredes, llenando de agua los baldes y las pilas, crecía su música y
su tintineo más y más mientras mas arreciaba la lluvia.  Caía sobre la
pared suavemente, pero al llegar al piso, caía con un ruido sordo,
salpicando y rociando gotas menudas que entraban en las ranuras entre
los adoquines.  Ella empezaba  tranquilamente y sólo se notaba a tus
alrededores, pero al crecer los nubarrones, los bultos se
encolerizaban y se rompían vertiendo sus aguas de mucha intensidad.

Desde que me trasladé a las dos casas en las orillas del parque
municipal, con frecuencia se escuchan las pruebas que han dejado los
bolos (los borrachos) de sus imprudencias de la noche anterior.  Las
calles están llenas de botellas plásticas de medio-litro esparcidas
por todos lados.  Uno reconoce las tapas y las etiquetas amarillas del
famoso aguardiente, Caballito, que tomaron los chavalos anoche, o los
hombres adultos (con cariño les llamamos pirucas) que habitan las
bancas del parque al mediodía.  Durante las noches sólo se escucha el
coro de voces masculinas gritando y relinchando los cuales intercalan
con las silbas que se intercambian- su forma de comunicarse.  Al día
siguiente, una muchedumbre de muchachitos que tienen unos siete años
juegan con sus pies con la misma botella vacía en lugar de un balón.
Esta rebota contra el quicio de cemento de las calles, y retumba por
el declive de la calle adoquinada,.  Es un sonido monótono, aburrido y
descargado y su reverberación desaparece al igual que se pierde al
final de la calle.

Te propulsan a mecerte a un ritmo meditativo y te dejan con los dedos
arrugados y rojizos.  Disfruto las horas que paso frente al lavadero,
con mi batea, lavando ropa y trastes.  Conduzco los dedos de mis manos
encima de la ropa perpendicularmente a los canales del lavadero.
Amaso la ropa sin parar, la ropa se frota contra los surcos de
cemento, y se multiplican las burbujas jabonosas.  La parte superior
de mi cuerpo se mece para adelante y para atrás, controlando la
dirección alterna en que van mis manos.  Con la mano izquierda, recojo
agua de la pila con una panita.  El movimiento de mi mano izquierda me
permite regar cantidades generosas de agua sobre la ropa, y exprimirla
para que se salgan el agua y el jabón después de repetir el ritual
varias veces.  Me pierdo en el ritmo de lavar los trastes, y así me
desenredo de cualquier preocupación actual.

Te acompañan en las últimas horas del día mientras esperas acurrucada
en cama que el  sueño te venza.  Son pocas las veces que he decido no
ir a una fiesta.  Me quedo en casa, pensando en lo que he hecho, lo
que haré, y me percato de la gran bullaranga parrandera.  Los
perrozompopos, (lagartijas) corren por las paredes, siguiendo pistas
sinuosas.  Rompen el silencio con el sonido único del chasquear de sus
lenguas.

La fiesta terminará a las 12 de la medianoche.  Esas celebraciones
suceden en el bodegón o en lo que era antes el Recreativo.  Es común
que vaya, arreglada con ojos esbozados con delineador y ropa socada
para seguir la moda yaleña.  Las luces azul-verdosas nacen de una
maquina que gira, disparándolas a las paredes como una corriente que
se interrumpe en forma intermitente y continua de modo alternativo.
Al llegar a la pared, ella se refleja y dobla en ángulos agudos.  El
bajo de la música reverbera y acentúa el patrón métrico de la canción.
Gotas de sudor me resbalan por la frente o se escapan en mi pelo al
pulso intermitente.  Es una cacofonía no sólo los sonidos sino también
de  movimientos corporales.  Algunos se mecen lentamente y otros se
esfuerzan descifrando el ritmo del dembow.   Bum-ch-bum-chik.
Bum-ch-bum-chik.  Así dicen la batería y el tambor redoblante en forma
sincopada.

Imagino el panorama adentro del bodegón, aunque me haya retirado a la
cama.  Me dejo llevar por mis pensamientos enredados en el pulso
invitante y entretenido de la música que ruge desde la cima de la
colina.

xo

Mariel

Rhythms of Yalí, Part 01… Ritmos de Yalí, Primera Parte

En español abajo.

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Let me begin my homage to my small Northern Nicaraguan town, Yalí.  I
am pulling away the days from the wall calendar, aware that I have 12
weeks left to savor the peculiarities of this valley nestled in
between the rolling green hills that I wrote about in my first emails
to you all.  Certain qualities unite one town to another from the same
region- so many things such as language, history, food, resources, and
even stereotypes can determine cultural identity.  Us
latinoamericanistas work to enrich the perceived image and
understanding of who lives and what is important to these people
between the northernmost point of México and Magellan’s Strait.  We
investigate and teach others the value of the similarities from
country to country.  On the other hand, we find that the
idiosyncrasies that distinguish one community from another are equally
as interesting.Let me write about the rhythms in Yalí.

They characterize the morning.  It is 5am.  I am still asleep, and
without doubt I remain so for another one or two hours.  Most other
females have already left their houses, in rubber flip-flops, and
their around-the-house clothing.  She goes up and down the hill, to
and from the mill, now placing the large curvaceous bowl on the wood
counter.  The bowl’s ridges release from her fingers.  An hour later,
the neighborhood is overwhelmed by the metrical beat as she flattens a
ball of dough into a 4-inch circle.  She rotates the disc of dough
clockwise with the outer side of one hand, leveling it with four stiff
fingers that rhythmically rise at a 45-degree angle on the second
beat, remaining anchored to the working space.  The tortilla’s
diameter grows.  The windows are open, and thus the choir of women
making tortillas tells its two-beat staccato story in a disorganized
yet unrefined fashion.

They slowly approach from behind to brush by and leave you dizzy
sprinkling upon you the dust they carried for miles.  I walk along the
highway between Yalí and San Rafael.  My feet carry me to the center
and back to the edge of the highway, an irregular gait in my hips and
uneven terrain below my soles.  I have three companions that share the
road with me: a bus, a pick up truck or motorcycle.   The bus: its
age, its heavy loads strapped onto its roof and sometimes poor road
quality permit it to only move at slower speeds.  It drags up the
hills, halts as the driver switches gears with a two-foot long clutch,
and bravely carries along.  I learned to recognize the motor in Toño’s
bus (my old host father), expecting its presence as it climbs the hill
entering Yalí just as dusk has fallen and the Catholic Church
commences its half-an-hour of music signaling mass.  Just like
clockwork.  The ‘motos’ would be characterized as a tenor for their
higher-pitch buzz.  The sound she produces is warbled and bent,
exactly like the style in which she briskly hugs the curves.  A soft
purr characterizes an active engine inside the Toyota Hilux.  She
sings quietly and flattens the rocks below her the jet out of the
earth.   Anything in the back of the truck jostles back and forth.  I
can guess who sails upfront by identifying the truck’s body color,
what type of iron veranda fences off the flatbeds’ three sides, and
which decals adorn its windows.

Part two, next week.

xo
Mariel

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Déjenme comenzar mi homenaje a mi pueblito en el norte de Nicaragua,
San Sebastián de Yalí.  Arranco las páginas del calendario, y me
percato que me faltan doce semanas para vivir y saborear las
peculiaridades de este valle anidado entre cerros verdosos, los cerros
de que escribí en las primeras cartas a ustedes.  Claro que hay
ciertas cualidades que unen un pueblo al vecino ya que se ubican en la
misma región.  Son muchas: el lenguaje, su historia, la comida y los
recursos disponibles… hasta los estereotipos describen y determinan
una identidad cultural a veces.  Nosotros latinoamericanistas nos
esforzamos para enriquecer nuestro entender de lo qué es esta raza que
empieza en el punto norteño de México y termina por el Estrago de
Magallanes.   Valoramos las similitudes que existen en esta inmensa
tierra, y compartimos nuestro conocimiento a otros.  En cambio,
encontramos que las idiosincrasias que distinguen una comunidad de la
otra nos parecen interesantes de igual forma.

Déjenme escribir sobre los ritmos de Yalí

Ellos caracterizan la mañana.  Son las 5 de la mañana.  Estoy
durmiendo todavía, y sin duda así me quedaré por una o dos horas más.
La mayoría de las mujeres ya han salido de sus casas, y van en rumbo a
los molinos en sus chinelas y ropa ligera.  Sube y baja la cuesta,
llega al molino y dentro de poco se vuelve a casa.  Coloca la pana
curvilínea en sobre el tablón.  Se desliza sus dedos sobre los surcos
que definen los contornos de la pana.  Una hora más tarde, abruma el
sonido del compás métrica con que ella palmea la masa.  Ella rota el
disco de masa a la derecha con una mano parada del lado, palmeándola
con la otra- los cuatros dedos rectos la aplanan, después
levantándose, formando un ángulo de cuarenta y cinco grados al segundo
compás.  El diámetro de la tortilla expande.  Están abiertas las
ventanas, y el coro de mujeres tortilleras cuenta su historia con el
redoble sobre el tablón.

Ellos me acercan sigilosamente y me rozan al dejarme mareada,
levantando el polvo que traían en el viaje.  Voy en el camino de Yalí
a San Rafael.  Zarandeo, caminando del centro hacía la orilla de la
carretera, después vuelvo al mero centro.  El terreno bajo mis zapatos
no está a nivel, exagerando el contoneo en mis caderas mientras
camino.  Son tres los acompañantes con quienes ando en el camino: un
bus, una camioneta, y una moto.  El bus: por su edad, su carga pesada
que atraviesa la parrilla de arriba, y la baja calidad de los caminos
él demora en sus viajes.  Cuesta subir y se para cuando el chofer
cambia de velocidad con la palanca grande, pero sigue.  Ya sé
reconocer al motor del bus de Toño (mi papá yaleño), y espero ver su
bus azul-anaranjado subir la calle que entra a Yalí a la hora del
anochecer cuando ponen la música en el parlante de la Iglesia Católica
una media hora antes de misa.  Las motos se caracterizan por su
zumbido agudo.  La música que ella produce se trina igual que la forma
en que dobla y da vueltas ligeras.  El ronroneo de la camioneta Toyota
Hilux se distingue de mis otros dos compañeros.  Ella canta en voz
baja y aplasta la tierra accidentada  Cualquier cosa en la tina (la
parte de atrás) de la camioneta baila, brincando de un extremo al
otro.  Averiguo de quién es la camioneta al identificar el color de la
camioneta, el estilo de la veranda de hierro, y cuáles calcomanías la
adornan.

La segunda parte viene en la semana siguiente.

xo

Mariel

Más de mis chavalos … More about my kids

En español abajo.
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I have been taking the later bus from Estelí to Yalí that goes through
Miraflor, a protected Natural Reserve.  Although the bus leaves at
3:45, we always arrive around 6:30pm.  The sun rises and falls like
clockwork: In the morning, some light appears around 5:30 in the
morning, and by 6am, the sky (if not covered by wispy, misty clouds)
is a clear blue and the sun is present.  Dusk is at 5:30pm, and by 6pm
the sun has set, and (the nights they don’t cut the electricity, which
is becoming very common) the town in lit by its lampposts and lights
that creep out of the diners or businesses closing their garage doors.
Television screens flash blue frames and the soap opera dialogue
audio slips out of the open doors that face the streets. Some nights
the moonlight is so strong it highlights the silhouette of each
passerby.  I love Yalí at nighttime because of its romantic warm glow
that makes my mind slow down.Coming into Yalí from the west, about thirty dots of white, blue and yellow lights are nestled together, all falling into a valley.  I am
given the impression that a welcoming, warm city awaits these
passengers in the bus I bounce along in.  It’s been three hours: I
know I am tired, although I was grounded and awoken by the company of
a curious three year old girl in a red satin dress that sat in my lap
for twenty minutes.  It’s a strangely intimate experience:  Just as
two people find their way to intertwine their arms and accommodate
their lack of space, I wrap my arm around the four year old girl that
is wedged into the space in front of my chest, and she rests her head
on my handbag I cradle. You learn to make friends on the bus, you
chat, you laugh when surprises along the road (quite literally) fall
into your lap: numerous corn cobs showered into my lap from the rack
above (it appeared the black plastic bag had ripped) and the bus’ head
lights temporarily failed.  And so, the cluster of lights looks like a
single constellation in the low sky.  The great city of Yalí.  Hah.In reality I allow my mind to play tricks on me in situations such as
these.  It’s easy and I am really good at romanticizing my
surroundings.  It has taken me 24 years to realize this, but maybe
it’s for a greater purpose: maybe its some sort of survival tactic.
In reality I am currently not as enchanted with Yalí as my mind wants
me to be.  I feel like I am playing musical chairs moving from one
house to another.  Where do I call “home” right now?  It’s a big
studio-esque room in the Red Cross building that is wide and ample,
but rather forgotten like an old, empty house that needs renovations
and new life.  I have been holding back in really calling it a home
for myself, nor have I spent much time, effort or money in
embellishing its empty walls and space.  At least it’s close to the
central park and basketball court.  Some nights I sit and chat with
the older couple that owns the fritanga (a food stand that serves
typical Nica food like rice, beans, tortillas, bbq’ed meat, etc.) on
the corner.  The boys who play soccer at nighttime cluster around the
familiar scents of charcoal burning, hot oil, roasted meat and the
corn tortillas being heated.  If someone has a radio, we try to tune
into a radio station from Managua or the Radio ABC from Estelí.

I was forced to leave the comfortable house (I was taking care of for
the past five months) because the landlady-roommate disliked my
friendships with my soccer-playing 18 year-old (and younger) guy
friends.  In other words, generations clash.  I recognize that the
adults label these kids as the good-for-nothing delinquents of Yalí.
On the contrary, they have treated me with respect.  I currently find
myself in the position of not only being a youth promoter to them,
offering them a place to play board games and cards, but also an older
sister who watches out for them when she can.

I am finding most affinity in my work that has to do with youth; kids
seem to be very responsive.  I am trying to support them in the
logistics of putting together a soccer tournament in a small soccer
field in isolated part of Yalí.  The kids want to call the tournament
the Sub-17, and only invite male and female soccer players who are
under the age of 17 years old.  Just as usual, the process is slow to
assure that enough human resources and organization is accomplished.
I also continue with the youth group, the Líderes Estudiantiles.  In
these next three days (Wednesday, Thursday and Friday) nine other
volunteers and I will test our abilities at co-leading a three day
workshop (about HIV/AIDS) with 30 youth, in the city of Estelí which
is the most central point between our Peace Corps sites.  Some of the
adolescents that I am taking to the workshop have never left Yalí,
thus the idea of traveling to a city two hours west without parents,
and being away from the family for three days is quite a novelty.  I
am not expecting three days of rest, rather three days of working and
parenting.  Yet I value my time with my kids, my youth, because they
lighten my mood, they make me forget the reasons for which I may feel
burnt out, and they unknowingly help me process those urges to
stagnate in self-pity.

The need to mother, the need to love and be loved, and the need to let
go of all those US norms upholding age-stratification: that is where I
have been emotionally these past months.

xo
Mariel

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En estos días tomo el último bus de Estelí a Yalí por Miraflor, una
Reserva Nacional protegida.  Aunque el bus sale a las 3:45pm, siempre
llegamos a las 6:30pm.  Llegando a esa hora, se nota la rutina del
amanecer y la puesta de sol cada día.  En la mañana, hay claridad a
las 5:30am, y a las 6 de la mañana, nos cubre un cielo celeste y el
sol se asoma (en el caso que no amanecemos con las brumas y neblina
sobre un cielo gris).  Anochece a las 5:30pm, y se mete el sol por
completo a las 6pm y (si no se ha ido la luz a esta hora) los postes
de luz alumbran el pueblo y se les salen una luz débil de los
comedores o de las distribuidoras o pulperías a medida que cierran sus
portones.  Los fotogramas de las televisiones destellan y el diálogo
proveniente de las telenovelas escapa de las puertas abiertas a la
orilla de la calle.  Muchas noches, la luz de la luna ilumina las
siluetas de cada quien que camina por las calles.   La verdad es que
me encanta Yalí de noche porque produce un lucerío romántico (una
penumbra) y me calma la mente.

Al entrar a Yalí desde el oeste, se ve que se anidan unas treinta
lucecitas blancas, azules y amarillas la cuales caen juntas en la mera
valle de este pueblo.  Mientras seguimos brincando en este bus
chuchumeco, se da la impresión de que nos espera un pueblo acogedor y
encantador al ver su lucerío.  Han pasado tres horas: tengo sueño
aunque por un tiempo me despertó la compañía de una muchacha de tres
años de vestido rojo satín.  La cargaba por la mayor parte del viaje y
sus ojos curiosos se fijaron en los míos.  Las experiencias en bus son
extremadamente íntimas.  Es como dos personas buscan la manera de
entrelazarse sus brazos, manos y cuerpo acomodándose por la falta de
espacio personal.  Aquí estoy, al lado de otra muchacha de cuatro
años.  La envuelvo con mi brazo derecho para que se acueste sobre la
cartera que cargo en el regazo.  Uno aprende a hacer amistades con los
otros pasajeros.  Uno platica y se ríe cuando te aparecen supresas
literalmente frente a tu cara.  Hoy al menos diez mazorcas de elote me
regaron de la rejilla y me cayeron al regazo (pareció que se rompió la
bolsa plástica que los llevaba.  Se dañaron los faros del bus pero al
rato se los arreglaron.  De acá se ve el enjambre de luces como si
fuera una constelación celestial: La gran ciudad de Yalí.  Ja ja.

De una forma me engaño en situaciones así.  Es fácil y soy buena para
idealizar mis alrededores.  Me ha costado 24 año en percatarme de eso,
pero tal vez me sirva de algo,  Tal vez me ayuda a aguantar
situaciones difíciles.  En realidad, al momento no encuentro Yalí tan
encantador como antes.  Parece que estoy jugando el juego de las
sillas este año en cuanto a mi lugar de residencia.  (Incluso una
muchacha de mi grupo de jóvenes, Claret, intentando a razonar tal
tema, me preguntó humildemente: “¿Es que Usted cambia de casa a cada
rato?” como si fuera algo completamente normal)  ¿Adónde es mi
“hogar”?  Al momento, es un gran salón en el edificio de la Cruz Roja
lo cual es grande y amplio.  A la vez se parece a una casa abandonada
y polvorienta, con un piso de azulejos rotos y un portón esquinero con
gradas las cuales se han convertido en el segundo hogar de los bolos
(los borrachos) a cualquier hora del día.  No le he enriquecido ni
arreglado la casa bien todavía.  Siento resistente a aceptarla como
tal.  Es probable que al mes tendré que pasarme a otra parte del
edificio así que mejor que no me aferre mucho al espacio donde estoy
ahorita.  Lo bueno es que sea céntrica y que quede cerca al la cancha
y al parque.  Algunas noches, me pongo a platicar con un matrimonio
mayor que son dueños de una fritanga en la esquina frente al parque.
Allí venden comida típica como carne asada, gallo pinto, tajadas, y
refrescos naturales.  Los chavalos que juegan futsala (futbol en la
cancha) por allí por la noche se aferran a los olores comunes del
aceite caliente, carne asada, tortillas tostadas y el humo que se echa
sólo del carbón.  A veces mi amigo Gerald trae su radiocita y
intentamos sintonizar una emisora de Managua o la Radio ABC de Estelí.

Me encuentro en la Cruz Roja ahorita porque la señora me botó de la
otra casa que cuidaba yo durante los cinco meses pasados.  Parece que
a ella no le gustó que hice amistades con los chavalos de la calle,
chavalos del Mercado, chavalos que juegan futsala con los mismos
zapatos deportivos que usan cada día.  La gente mayor de Yalí piensa
que son vagos y que están demás. Sin embargo estos chavalos me han
brindado una confianza inmensa y no me faltan respeto.  Es raro que
tenga una popularidad con ellos, pero así es.  Por eso me encuentro en
la posición de ser no sólo una promotora de la juventud para ellos
(que sea ofreciéndoles un lugar donde puede jugar naipes y armar
rompecabezas) sino también una hermana mayor que los cuida y los
vigila cuando pueda.

Por ende simpatizo mucho con los y las jóvenes.  Ellos son muchos más
responsivos que la gente mayor.  Estoy intentando arrancar un torneo
de futbol de tres semanas.  La inspiración para el torneo nació de los
chavalos, y ellos le van a llamar el Sub-17 porque sólo se organiza
con chavalos y chavalas que son menores de 17 años.  El proceso de
organizarlo va lento, como siempre, pero ni modo.  Sigo apoyando a mi
grupo de jóvenes, los Líderes Estudiantiles.  En los tres días que
viene (del miércoles hasta el viernes) yo y nueve otros
voluntarios(as) de Cuerpo de Paz de municipios del norte de Nicaragua
capacitarán a 30 jóvenes en los temas del VIH/SIDA en la ciudad de
Estelí.  Como algunos de los jóvenes quienes voy a llevar al taller
nunca han salido del municipio de Yalí, a algunos padres les da miedo
que viajen por tres horas y que se queden fuera de la casa por dos
noches.  Me imagino que en estos tres días no dejaré de trabajar, no
importa que sea la hora.  A pesar de todo, valoro, tan profundamente,
mi trabajo con mis chavalos, con mis jóvenes, porque ellos me
distraen.  Su humildad y sus modos infantiles me hacen recordar que es
necesario que yo siga superándome en todo, no importa qué ahuevada,
qué triste me siento en tal momento.

xo

Mariel

La escritora reaparece… The writer reappears

En español abajo….
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I hear and feel the intermittent pulse of the drums that originate
from the opposite end of the basketball court.  The high school
marching band of Yalí begins… and then pauses as they practice
blending the polyrhythmic musical passages.  It is 5:45pm, the sun is
low and the presence of men, women and children around the park and
court becomes more congested as the evening gets later and later.  At
6:30 the mayor, the marching band, and other community leaders are
going to inaugurate the Departmental Soccer League Tournament in
Jinotega.  Soccer teams from every municipality and their friends,
family and fans will litter the streets of little Yalí this weekend as
they play for first, second and third place.The rhythm digs deep into every aspect of life at that moment for me.
The customers in the home-cookin restaurant who peacefully eat their
dinner direct their attention from their plate to the basketball
court.  Doña Juana and Johana, the two waitresses who stand next to me
behind the counter, raise their eyes from the thermos of coffee to the
marching band’s rehearsal across the street.  It’s an abrasive,
intense and profound beat that ensnares my attention.  My senses take
me back a month to a Monday morning in March: me, standing outside of
Doña Norma’s house with Karla as she took countless pictures of the
inauguration of the Departmental Baseball League Tournament in Yalí.
The same marching band led the parade of proud men in their uniforms.
That morning we were on the cusp of the two most intense weeks of my
service here in Nicaragua: a week of baseball games, a landslide of
Doña Norma’s relatives in the house, Jinotegan baseball teams and fans
ripen the local color in the streets, the week-long Patron Saint
Festivals and a Nicaraguan celebration of Yalí’s 100 years as a
municipality.  My sleeping schedule changed a lot that week; my
comfort zone expanded; I learned how to dive, I nearly broke my neck
while going on the tea cups with my friends, Godoy, Luís and José
Andrés, in the carnival by the cantina; I was forced to change houses.
I had my taste of Latin American soap operas: the good the bad and
the ugly (excuse the cliché).  Nevertheless, I laughed that week; I
was less serious with myself; I spontaneously went from one moment to
the next.  I had never been so compelled to tap into my own inner
strength like I did those two weeks.The events that unfolded the weeks after led me to this new house.
It’s a sturdy, comfortable house that sits on the crux between the
principal entrance from Jinotega City and San Rafael del Norte, and
the southeast corner of the Central Park.  Many Latin American cities
have been designed in a checker board fashion so that the crucial
institutions revolve around the Central Park.  I suppose my address
would be something like, “From the Catholic Church, three houses
towards the exit of Yalí.”  (In the same vein, a couple teenager boys
jokingly told me last night that my house will forever be immortalized
as “Where the Gringa lived,” and I suggested that it serve as a
landmark for directions, after I leave Yalí.  In Nicaragua and I
suppose in other Latin American countries, too, it is not uncommon to
be given a direction of something with the reference point being the
spot where there used to be an important institution or company.  For
example, “From where the Bank was, thirty meters east.”)

I am in the center of Yalí: From my porch, from the bleachers of the
basketball court, from the little restaurant Soda Jeyma, and from the
stairs below Chimino’s Agroservice store, I sit watching,
understanding and experiencing Yalí.

In the basketball/soccer court, teenage boys strike the soccer ball as
it aggressively ricochets against the red and white painted fence.
The same ball dances between their flip flops and sneakers and they
show off their fancy footwork, hurling the ball like a parabola from
the ground to their teammate.  Their arms dramatically gesticulate in
the air, they fling their baseball hat outwards and let it drop to the
cement ground, and contort their faces into looks of disbelief when
they lose the play.  The exhibit a sharpened concentration and
communication between themselves.

If I am not in the court, sitting on the cement bleachers, my presence
is acknowledge by young male teenage friends or any other shameless
teenage boy.  They blatantly yell my name or any nickname that rolls
off their tongue (My love, etc.), ask me for a kiss, and I remind them
that there is a charge…

It’s obvious when the boys congregate to drink the popular, cheap,
hard liquor (Caballito, which means Little Horse).  One only hears a
chorus of male voices shouting and neighing that intercalates the
exchange of subtle, hushed whistles- their way of operating in their
own system of communication.  They understand each other better by
their nicknames… Gapo.  Retumbo.  Godoy.  El Mono.  Patón.  Pelo
Chancho.  When I ask them why they are called that, all they say is it
has always been like that.

To obscure the fact that my night vision is terrible, and not
unknowingly pass someone I know, I like to walk around the basketball
court, talking on my cell phone if my mom or dad has called, and
investigate which of the boys are hanging out in the center of Yalí.
Chimino works at his desk overlooking the basketball court oftentimes
until 9 pm.  The nights we have power outages, Chimino’s battery
generated light bulbs are the only source of light, and thus the boys
swarm like moths to the well-lit stairs below his store.  I recognize
Augusto’s (El Mono) profile below the fluorescent white glow of
Chimino’s Agroservice store.  I hear Godoy’s voice in the basketball
court.  The chorus continues.

 

Being 24 years old in a small town where the population is primarily
under the age of 19 or over the age of 35 (married, with several kids,
and several families- possibly in both age categories), you can’t be
picky with whom you relate.  Selective of the situations you place
yourself in, Yes.  I am sure that my young guy friends are shaping my
experience in some obscure way, and I hope that they remain on the hem
of my group of friends.  It helps me break out of the intellectual
frame of mind I primarily operate in.  And as a result, you learn to
appreciate their way of seeing things, yet stay firm to your own way
of presenting yourself to the world.

xo
Mariel

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Oigo y siento el pulso intermitente de la batería que proviene del
lado opuesto de la cancha de básquetbol.  La banda guerra del
Instituto de Yalí empieza a tocar… y pausa mientras van mezclando los
pasajes musicales polirítmicos.  Son las 5:45 de la tarde, se ha
puesto el sol, y el entorno del parque se agita con la presencia de
hombres, mujeres y los chavalos.  A las 6:30 de la tarde, la banda
guerra y los otros líderes comunitarios inaugurarán los Juegos
departamentales de fútbol jinotegano.  De cada municipio vinieron los
futbolistas, sus amigos, familiares y fans para  congestionar las
callecitas de Yalí este fin de semana mientras luchan para el primer,
segundo y tercer lugar.

Se entra más y más profundo el ritmo en cada aspecto de la vida en
este momento.  Los clientes quienes tranquilamente cenan en el
cafetín, Soda Jeyma, pasan su atención de sus platos hacía la cancha.
Estoy detrás del mostrador con las dos meseras, Doña Juana y Johana.
Ellas alzan su vista del termo de café a la banda guerra ensayando al
otro lado de la cancha.  Es intenso, profundo y abrasivo el compás y
por eso me agarra la atención.  Mis cinco sentidos me hace retroceder
un mes, a recordar un lunes por la mañana en Marzo: Yo, parada frente
a la casa de Doña Norma con Karla quien está tomando un sinfín de
fotos con mi cámara.  Están pasando los jugadores de los Juegos
departamentales de Béisbol jinotegano.  La misma banda guerra encabeza
el desfile de los jugadores quienes caminan con orgullo de llevar su
traje.  Este lunes estamos en el comienzo de las dos semanas más
impactantes para mí en Nicaragua: Nos esperan una semana de juegos de
béisbol, una manada de los parientes de Doña Norma posando en la casa,
los jugadores y sus fans los cuales aviven el color local de Yalí, y
las fiestas patronales y centenario de haber sido un municipio.
Dormía a la hora más rara, me sentía más cómoda y acostumbrada en una
variedad de situaciones, aprendí a “darle el impulso” para tirarme de
cabeza en la piscina, estuve a punto de quebrarme el pescuezo cuando
subí a las tazas con mis amigos Godoy, Luís y José Andrés en la feria
al lado de la cantina, y me salí de mi casa en búsqueda de otra.
Experimenté lo que es vivir en una telenovela latinoamericana, de la
buena y mala gente.  Sin embargo, en esta semana me reí, me puse menos
seria, y viví de momento al siguiente.  Me urgía ponerme más fuerte y
tener fe en mis decisiones.

En las semanas siguientes, después de haber buscado en todo Yalí, me
pasé a una casa nueva.  Ella es segura, cómoda y central.  Se ubica
entre la salida de Yalí (viniendo de San Rafael del Norte y de
Jinotega) y la esquina sureste del parque y cancha.  Supongo que la
dirección de mi casa sería “de la Iglesia Católica, tres casa hacia la
salida.”  (Hablando de eso, unos chavalos me dijeron anoche de que mi
casa actual se llamará “Dónde vivía la gringa” y sugerí de que debe
servir de indicación después de que me vaya de Yalí en un año.  En
Nicaragua, y me imagino en varios países latinoamericanos, es común de
que el punto de referencia sea un lugar, compañía o negocio que antes
existía.  Por ejemplo, “De donde fue el Banco, treinta varas al este.)

En esta casa, estoy en el centro de Yalí.  De mi porche, de las gradas
de la cancha, del cafetín Soda Jeyma, y de las gradas debajo del
negocio de fertilizantes de Chimino, me siento a ver, entender y a
experimentar Yalí.

En la cancha, los chavalos patean la pelota de fútbol.  Ella rebota
agresivamente contra la malla rojiblanca.  La misma pelota baila entre
las chinelas y tenis para que los chavalos puedan lucir su técnica con
la pelota y dilibrean a la perfección. Cuando la rematan, la pelota
sigue una trayectoria  de una parábola, y vuela del piso hasta otro
chavalo.  Sus brazos gesticulan dramáticamente en el aire, se quitan
sus gorras dejándolas caer en el piso duro, y hacen muecas y caras
atónitas cuando no hay gol.  Demuestran un interés intenso en el juego
y una comunicación exclusiva que sólo ellos entienden.

Si no estoy en la cancha sentada en las gradas de cemento, los
chavalos (amigos y desconocidos) me reconocen, me tiran besos y
piropos.  Cuando me piden un beso, les recuerdo que hay un precio…

Se nota cuando los chavalos se reúnen a tomar el aguardiente más
concentrado y barato, Caballito.  Sólo se escucha el coro de voces
masculinas gritando y relinchando los cuales intercalan las silbas que
intercambian- su forma de comunicarse.  Se entienden mejor por sus
apodos, sus sobrenombres… Gapo.  Retumbo.  Godoy.  El Mono.  Patón.
Pelo Chancho.  Ni uno sabe por qué se le dicen así, sólo me dicen que
siempre ha sido así.

Oculto el hecho de que mi visión nocturna sea horrible porque me da
pena supongo.  Doy vueltas por la cancha mientras voy hablando con mi
papá o mamá por teléfono, y me echo a ver las caras con detalle a ver
cuáles chavalos están por la gradas de Chimino, o en la cancha.
Muchas noches hasta las 9pm, Chimino se queda en su escritorio,
trabajando.  No importa si se va la luz porque él sólo prende la
planta eléctrica y se vuelve a alumbrar una gran parte del parque y la
cancha.  Como las polillas se aferran a una bombilla, los chavalos se
aferran a las gradas abajo su negocio.  Reconozco el perfil de
Augustito (El Mono) bajo la luz clara que proviene de dónde Chimino.
Escucho a los gritos de Godoy.  Sigue el coro.

En este pueblitos la mayoría de la gente son mayores de 35 años o
menores de 19 años y suelen tener varios hijos y varias familias.
Tengo 24 años y no entro en ni uno de las dos categorías.  Por eso me
he dado cuento que es mejor relacionarme y tener amistades con
personas que sean mayores y menores.  Sin embargo, creo que uno
siempre debe estar pendiente de las consecuencias de las decisiones
que uno tome.  Yo sé que al pasar tiempo con los chavalos, ellos me
enseñan su forma de ver las cosas, y quiero que sigan en mi vida
aunque no sean amigos íntimos.  De vez en cuando logro salir de mi
punto de vista intelectual y logro a ser más espontánea.  Mi forma de
ser no ha cambiado, sino que se ha expandido y tal vez estoy logrando
a ser más fuerte, más chispa, y pués obviamente más Nicaragüense.

xo

Mariel

Bus diaries … Diarios de autobus

En español abajo
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I often times start writing paragraphs of letters with my internal
dialogue and personal observations, as I sit on the vinyl seats in the
school buses that I take between Yalí and Jinotega.  The bus dances to
an irregular rhythm and the pace seem to unleash a typewriter with
rubber individual typeface font that leaves deep impressions of the
words I am writing, on my verbal memory.  I spend a good amount of
time sitting on buses during the week, and although I could mooch
rides off of the Health Center truck driver, I suppose living with the
Godfather of bus lines in Yalí (Toño) makes traveling in bus the more
logical and enjoyable option.

Buses are a male-dominated atmosphere: The bus driver usually tends to
be a large man with a significant presence.  A series of boys between
the ages of 14 and 26 carry the responsibility of collecting fare, and
other auxiliary tasks.  Their agile bodies become accustomed to
carrying hundreds of kilos on their shoulders as they climb up wrought
iron ladders soldered onto the sides of the buses to load the cargo
sent from town to town.  Sitting in the grill on top of the bus
alongside bunches of bananas, bags of fertilizer, or passenger’s
luggage that straddle the bus, the view is spectacular from this high
point.  No camera can quite capture the grace of the contours of the
green hills in Jinotega as the human eye when the bus driver allows
you to ride up top.

Sitting on the left side of the interior of the bus, one can clearly
observe, through the stretched rear-view mirror, the interplay between
the bus driver and the other men working in the bus.   The upper half
of the bus driver’s face reveals itself in the mirror.  Likewise, one
can see the profile of the driver’s assistant (as he sustains his
bodies against a post near the front of the bus). The dynamic lines in
their faces and the upheavals of laughter reveal an intimate exchange
between the two men.  It’s obvious when the driver smiles, for his
head bobs up and down, the bill of his baseball hat temporarily
appears in the mirror, and his cheeks become rounder and his eyes
become smaller. The assistant firmly pats the arm of his superior and
the timbre of their vocal interplay emits joy.  Often times, the
assistants partly hangs out of the open accordion-esque door as the
bus is in motion, with his attention fixed on the highway shore and
communities they pass by.  In these moments in which the assistants
seem so removed from the passengers, I wonder: What might they be
thinking to themselves in those moments?

I generally work with women in my Health-related activities in the
Health Center or the Casa Materna.   Describing my work emphasizes
gender differences that distinguish males and females.  The Casa
Materna, an environment solely of women, is characterized by “feminine
qualities” such as caring and sensitivity to others needs.  My respect
for them and honor of their strength and motivation has eclipsed my
original judgment of the women working there.  In May, I judged them
to be a group of unorganized women needy of my superhero Peace Corps
volunteer powers (yet in hindsight I can acknowledge my own lack of:
confidence, patience and understanding back then).  So that is why I
remember feeling dumbstruck as I arrived to their Mother’s Day
celebration that month: organization, enthusiasm, efficiency and joy
bubbled out the windows and I chose to resign from making such quick,
narrow judgments about them.  They did all this WITHOUT ME.  It didn’t
make sense in my world.

That night my ego was bruised.  After the tears, I realized how
refreshing and grounding it is when something unexpectedly pulls me
down from whatever galactic level I am ethereally prancing in.  That
same feeling returned to me as I visited them, upon their move to
their third location.  Dressed in those flimsy flip-flops and
lightweight clothing, Doña Antonia and Doña Elpidia crossed the room
with planks of plywood, assembling the basic structure of bed frames.
Doña Antonia swung the hammer to wedge the planks into place and
welcomed me to the new location of the Casa Materna.  They are
thankful they have a roof above and beds below where pregnant women
spend their nights and days in the time far away from their
communities, their families, waiting for their baby to enter this
world.

This Saturday I returned to Nicaragua after my 8 day visit to
Portland.  I feel as if I am standing in the threshold, able to look
at my surroundings with more objectivity than usual.  In time I will
become enmeshed once again into this small town reality yet always I
know that in reality I am the outsider.

xo
Mariel
————————————————-
Es común que escribo los párrafos de estos emails, notando mis
observaciones, mientras viajo entre Yalí y Jinotega en los buses.  La
bailadera de los buses sigue un ritmo irregular, y se prende una
máquina de teclar que nace en mi mente, escribiendo, anotando, dejando
huellas de oraciones en mi memoria verbal.  Suelo pasar tiempo en los
buses durante la semana, y supongo que he aprendido a disfrutar los
viajes en bus.

Se predominan los hombres en el entorno de los buses: El conductor
suele ser grande con una presencia llamativa.  También trabajan
muchachos con las edades de 14 a 26 con las responsabilidades de ser
el cobrador, o el ayudante.  Esos muchachos tienen cuerpos ágiles y se
acostumbran a poder cargar y descargar sacos de 50 a 100 kilos sobre
sus hombros y espalda mientras suben y bajan escaleras pegadas al bus,
con una gracia.  Si uno puede subirse y pasar el viaje arriba del bus
en la canasta (la parilla) al lado de los sacos de fertilizante,
racimos de bananos, y las maletas de los pasajeros, uno se da cuenta
del paisaje espectacular.  Es una belleza; no se puede captar la
gracia de los contornos de los cerros verdes jinoteganos con una
camera, solo el ojo humano puede contemplar su lindura.

Sentada en la hilera izquierda de asientos, se puede observar en el
retrovisorcito el intercambio de palabras y risotadas entre el
conductor, el cobrador y los ayudantes.  De la nariz para arriba del
conductor sale en ese espejito.  También se observa el perfil del
cobrador (mientas se sostiene en el poste de la parte delante del bus
al lado de la puerta).  Se revela una intimidad en sus amistades por
el dinamismo de las líneas en sus caras y el reírse a carcajadas.  Es
obvio cuando el conductor se sonríe porque su cabeza no deja de
moverse para arriba y para abajo, a veces la visera de su cachucha de
béisbol entra en el espejo, y se agrandan los cachetes y se achican
sus ojos.  El ayudante le da un manotazo a su patrón y la música de su
conversación y bromas suena dichosa.  Me fijo en el cobrador; él se
asoma a la puerta y se mira al paisaje en la orilla de la carretera y
las varias chocitas que vamos pasando.  En estos momentos, él me
parece tan remoto y aislado de todo.  ¿De qué estará pensando?

Suelo trabajar con mujeres (dando talleres de Salud sexual y
reproductiva o VIH/sida) en el Centro de Salud o en la Casa Materna.
Al describir el entorno de mi trabajo, se da cuenta de los roles de
género en este país y como le encajan a uno a su vocación.   Allá se
caracteriza por sus “cualidades femeninas” como el calor humanos, el
cuido y la sensibilidad.  Actualmente yo las valoro y las honro por su
fuerza y motivación mucho más que sabia valorarlas y honrarlas antes.
En mayo del 2.007, las juzgué de ser un grupo de mujeres
desorganizadas y desesperadas y que les hice falta a mi y mis
habilidades como Voluntaria de Cuerpo de Paz (pero con la perspectiva
del tiempo, reconozco que estaba falta de confianza en mi misma,
paciencia y sensibilidad en ese entonces).  Por eso me sentí
confundida y perdida cuando llegué a su celebración del Día de la
Madre en mayo.  Se veía organización, entusiasmo, eficiencia y dicha
saliendo de las ventanas de la Casa Materna.  De una vez me cambié de
mi forma de pensar, dejando de prejuzgar a la gente una visión
limitada tener ideas reconcedidas.  Planificaron de todo si mi ayuda,
y no me tenía sentido en momento.

Aquella noche se me rebajó el orgullo.  Me puso en mi pueto y me bajó
de las nubes a la realidad. Me volvió aquella lección cuando la visité
hace poco en diciembre mientras se trasladaban a la nueva alberge.
Armada en sus cholitas (chinelas) de hule y ropa liviana, Doña Antonia
y Doña Elpidia atravesaron el cuarto cargando tablas de madera,
armando camas.  Al vaivén del martillo, Doña Antonia iba poniendo los
tablas en sus lugares y me dio la bienvenida a la nueva Casa Materna.
Ya tienen un techo arriba y camas abajo adonde dormirán las
embarazadas y pasarán sus días en su tiempo fuera de su comunidad y
lejos de su familia, esperando a dar a luz.

Este sábado volví a Nicaragua después de mi visita a Portland de ocho
días.  Siento que estoy ubicada en el umbral de esta experiencia
porque ahora es que puedo ver lo que me rodeo con más objetividad.
Con tiempo, me perderé en la realidad de este pueblo aunque siempre
manteniendo un lugar de ser extranjera.

xo
Mariel

La experience humana… The human experience

***Escribí este email hace dos semanas (al fin de una semana difìcil
para mí).  Supongo que no refleja mi realidad de esta semana que va
acabándose.  En esta semana, me he sentido muy trabajosa y ocupada (ya
va el paradigmo estadounidense de estar ocupada iguala a estar feliz).
Siento que me estoy lanzando a la comunidad yaleña más ahora, y estoy
muy grata.  Sin embargo, quiero compartir esta escritura con ustedes
porque creo que plantea preguntas que aplican y tiene que ver con la
vida en sí, aplican a la vida de ser extranjero(a), y a la experiencia
humana.  Ojalá entiendan.

***This is some writing I did two weeks ago. I suppose it does not
reflect my state of mind during this past week, since I have felt very
busy and productive, and feel like I am launching off (in some ways)
further into what this volunteer service will be fore me.  It has been
a great week, and I am very grateful.  At the same time, I want to
send this out because I think the questions I raise in this email
apply to life, apply to being a foreigner, and apply to being human.
I hope you can relate.
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En español abajo
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“In that instant, as [Maurizia Rugieri] stood a step away from
exposing herself, from leaving the shadows, the young boy [her
abandoned son] bent inward, grasped his father’s wrist, told him
something, followed by a friendly wink.  The two exploded in laughter,
patting each other on the back, messing up each other’s hair, with a
virile tenderness and a firm complicity that excluded everyone in the
room, including Maurizia Rugieri.  For an infinite moment, she swayed
at the border between Reality and Illusion, stepped back, and exited
the tavern.  She opened her black umbrella and returned to her home
with her macaw flying above her head as if it were an eccentric
archangel.”     (Excerpt from the short story “Tosca” by Isabel Allende,
translated to English by yours truly.)

Do you know what it is like to feel like “the other”?  Do you remember
what it is like to be the person in the situation with a little less
information than everyone else in the room?  How do you act in a
situation like that?  Do you take a step forward to expose yourself in
the light? Do you take the pursuit in letting go of some of your own
ignorance to gain knowledge or understanding of the situation?  Is it
appropriate to step forward, and insert yourself into that contained
scene? Is it a realistic desire to be granted full access to their
system of knowledge?

I went into San Rafael, today.  Aboard Toños bus, I made the hour trip
south, sent an important email, and wandered past the park, down
towards Casita San Payo.  A typical Toyota truck passes me, and the
truck bed encases fifteen young kids and adolescents who are spilling
out the frame.  They yell my name, not gringuita, but they yell my
name.  I suspect they are from Yalí.  An acquaintance, Juan Carlos,
sees me as I walk down the main drag, and invites me in; passion-fruit
juice and stale, sweet pastries.  I pass the time with him watching TV
and chatting while I wait for the bus… I am ready to get back and do
some work.

I miss the bus, but ten minutes later, chase after the Health Center
truck en route to Yalí.  I sense a change in my entire being.  The
layers of tropical vegetation along the highway home captivate me once
again.  I am ready to get back to my house, to my small, rustic town,
where the boys will be playing soccer in the outdoor basketball court,
where the bus workers are unloading their cargo brought in from
Jinotega.  It’s easy to romanticize the commotion of the community of
Yalí.  They are like bees bustling around their beehive.  It feels
comfortable because it is what I expect.

But, without warning, I exceed the city limits of The Comfort Zone.
You sense you have passed the border when you realize that you are
communicating False Information that you took to be Truth (it was a
Truth only because someone from the community had shared it with you).
You alarm people when you correctly refer to them with their name,
even if you have worked with them in the classroom for the past four
months.  While I may judge these details of Culture as inexplicable,
nonetheless they motivate and intrigue me.  I suppose I can only
accept that precisely I will not know or understand their motivations
or their reasons.  Amidst the enigma of behavior and my own challenges
of acculturation, I’ve experienced many encounters with strangers,
acquaintances and close friends when the daylight, the conversation,
the intentions, and the level of comfort all seem to favor a positive
exchange of energy.

I sway, or I am swayed between one world where I appear as the
contained outsider, and in the other world where I am perceived as and
perceive myself to be just another human being in that infinite
moment.  I think Maurizia Rugieri would understand.

xo
Mariel

————————————————-
“En ese instante, cuando un solo paso más la habría sacado de la zona
de la sombra y puesto en evidencia, el joven se inclinó, aferró la
muñeca de su padre y le dijo algo con un guiño simpático. Los dos
estallaron en carcajadas, palmoteándose los brazos, desordenándose
mutuamente el cabello, con una ternura viril y una firme complicidad
de la cual Maurizia Rugieri y el resto del mundo estaban excluidos.
Ella vaciló por un momento infinito en la frontera entre la realidad y
el sueño, luego retrocedió, salió de la taberna, abrió su paraguas
negro y volvió a su casa con la guacamaya volando sobre su cabeza,
como un estrafalario arcángel de calendario.”
(del cuento “Tosca” escito por Isabel Allende.)

¿Sabes cómo se siente ser “el Otro”? ¿Te acuerdas cómo se siente
cuando te falta información de la situación, pero a los otros, no?
¿Cómo te actuaste?  ¿Tomaste un paso que te habría sacado de la zona
de la sombra y puesto en evidencia?  ¿Intentaste quitarte tu
ignorancia y buscar información veraz para entender mejor la
situación?

¿Es apropiado que te saques de la zona de la sombra y que te insertes
en la escena encerrada?  ¿Es un deseo realístico que recibas acceso
complete a su sabiduría?

Hoy fui a San Rafael del Norte.  El bus de Toño me llevó al sur.  Allá
mandé un email urgente, y me encaminé hacia el parque.  Una camioneta
Toyota atiborrada de unos quince niños y jóvenes me pasa.  Me gritan
“Mariel.”  No me gritan grinquita sino que me gritan con mi nombre.
No los puedo reconocer pero supongo que son de Yalí.  Me encuentro con
Juan Carlos, un conocido, en la calle principal.  Me invita y tomamos
jugo de maracuyá y pan dulce.  Quiero pasar el tiempo hasta que llegue
el bus para Yalí, así que vemos televisión.

Me deja el bus, pero alcanzo la camioneta del Centro de Salud de Yalí
que pasa de casualidad.  Siento un cambio en mi ser.  Las capas de la
vegetación trópica a la orilla de la carretera hacia Yalí me capta,
como siempre.  Tengo ganas de llegar a la casa, al pueblo humilde y
rústico de Yalí, donde los muchachos juegan futból en la cancha al
aire libre, y donde los ayudantes descargan los sacos de la canasta
(la parilla) del bus.  Con faciliadad romanitizo el rumbo de la
comunidad de Yalí.  Parecen abejas que bullen dentro de su colmena.
Se siente agradable y se siente cómodo porque así espero el ambiente
sabatino.

Pero sin aviso, paso de los limites de esa zona sana y segura.  En
esos momentos…

Siento que he sobrepasado aquella frontera cuando me doy cuenta de que
estoy comunicando información falsa que acepté como infromación veraz
de una persona confiable.  La gente se asustan cuando le llamo con su
nombre, en vez de tratarle de Usted (a pesar de pasar cuatro meses de
charlas en las aulas del Instituto.)  Anhelo poder contestar el por
qué que me surge en cada situación extraña.  Pero ¿qué puedo hacer?
Me resigno a aceptar que es posible que nunca entenderé su reacción
completamente y éso me pareee la única salida.  Aquellas situaciones
sí son incómodas pero me recuerdo de los encuentros con gente
desconocida, conocida, y amigos cercanos en momentos que nos permiten
intercambiar.  Han sido varios.

Vacilo (a veces sin querer) entre dos mundos: En uno, aparezco ser la
extranjera intocable, y en la otra, me perciben y me veo como otro ser
humano en tal momento infinito.  Creo que Maurizia Rugieri entendería.

xo
Mariel

The nights without light … Las noches sin luz

(en Español abajo) —————————————————————————-

I am redefinining what time means to me. I suppose it’s such a salient concept to me since I press the play button and spit out the same script, explaining to everyone that I will be here for two years. I receive the common response of that 2 years is so long for a only child to be away from home. The responses leave an echo in my mind; it’s hard to separate my own interpretation of what two years may be to me, and what other people consider it to be.

I am still grasping the rhythm of time or of the calendar year in Nicaragua. The absence of four seasons in Nicaragua strips me of one way to understand my surroundings. Upon arriving in Diriamba, I was told that the wet season was between May and October, and that the temperature was relatively hot during the rest of the year. My Western educated brain absorbed this structure like a sponge. But when May arrived, and the rains did not, I could only furrow my eyebrows and look up to the sky in search of heavy grey nimbus clouds.

If I were a farmer, if I had a soul that knew the rhythms of the harvests and the land, I may feel a bit more clued in. In February, we brought down the first mangos from the trees in our backyard of my Diriamba home. During these past two to three months, Lauren, Amanda and I always visited the Mango lady with her stand on the corner of the Bancentro and Post office, as the mango season was at its prime. But recently, the mango crop is reaching its end and the fruit has returned to its green, crisp state. Every Yaleño is waiting for the corn to erupt from the soil and the coffee to release its fruit from its branches again. In addition, many complain that there is no money circulating the economy within the municipality…

In the evening, when the electricity usage normally would soar, the privatized power company flips the switch off between 6 and 9pm. My internal body clock is accustoming itself to take its cues from the artificial light (or lack thereof). Doña Norma and Don Toño lounge on the couch, and listen to their exchanged voices or the silence between the sentences. The nights I choose to hibernate and crawl into my bed, I listen to their conversation, my chest lifting and falling, or the beeps from Karla´s cell phone as she hits the keys in the next bedroom behind my head. I hear the portable radios tune into the ranchera stations… it is the only music that is played during the hours when the sun is setting. Sometimes our neighbor, Don Arcadio, supplies us the music from his radio, as he sits in his rocking chair on his porch, playing his guitar and cooing along with the melody of the trumpets and stringed instruments. “He is happy like that all night long” comments Doña Norma, “with his music and his bottle.” It’s the music one would hear in a cantina scene of a 1940s Mexican film; the beat is slow, enchanting and bittersweet. The evenings are comforting in an inexplicable way because the antiquity of Yalí reveals itself to be more and more endearing.

Those are the nights in which I work to value the ways in which life can be simple. xo Mariel

———————————————————————————————- Cada rato, cuestiono mi definición de tiempo. Supongo que se me viene el concepto mucho porque es frecuente la vez que le explique a la gente que el programa de Cuerpo de Paz dura dos años. Es común que me den la contestación que “Ay! Que triste sería dejar a su familia siendo hija única! ¿Es que la dejaron irse? Las respuestas me dejan una huella, un eco en mi mente: me cuesta separar mi propia interpretación de lo que son dos años, y lo que considera las demás personas.

Todavía me cuesta entender o sentir el ritmo del tiempo y las estaciones en Nicaragua. La ausencia de las cuatro estaciones en Nicaragua me quita otra herramienta para poder entender el ritmo a mis alrededores. Al llegar a Diriamba en enero, me dijeron que existe la temporada de lluvia desde mayo hasta octubre, además que la temperatura no se oscila mucho; se mantiene bien caliente el resto del año. Mi mente (programada en el hemisferio occidental, me refiero a Los Estados, Europa, etc.) absorbó esta estructura de las dos estaciones como si fuera una esponja. Pero la lluvia no llegó en el mes de mayo como esperaba. Fruncía las cejas y revisaba el cielo buscando cualquier nube de lluvia.

Si yo fuera una finquera, si mi alma conociera los ritmos de las cosechas y de la tierra, tal vez entendería más. En febrero, bajábamos los primeros mangos de los palos en el patio de mi casa en Diriamba. Durante estos dos a tres meses, Lauren, Amanda y yo siempre visitábamos a la Señora que vendía rebanadas de mangos en su negocio callejero cuando la fruta estaba bien madura. Recientemente, la fruta se ve gastada o tierna, y se ha vuelto a su color verde. En Yalí la gente espera que la siembra de maíz brotando de la tierra y que diciembre llegue para reiniciar el corte de café. Además, se queja mucho que al momento la economía municipal está seca y que nadie tiene reales para comprar…

Por las tardes, cuando los yaleños usarían más electricidad en la casa, la compañía privada apaga la luz de las 6 hasta las 9. Mi reloj corporal se ha acostumbrado a notar los cambios en la luz artificial en la casa (o ausencia de ella). Doña Norma y Don Toño esperan en su sillón, y escuchan al intercambio de sus voces o el silencio que ocupa el espacio entre sus oraciones. Esas noches prefiero hibernar y descansar entre mis sábanas. Escucho a la conversación flotante entre Doña Norma y Don Toño, al levantar y al bajar de mi pecho, o al pito del celular de la Karla mientras ella marca los teclados en la alcoba vecina. Escucho a las radios portátiles que reproducen música ranchera…es la única música radial que se sintoniza durante la hora del anochecer. A veces, el vecino, Don Arcadio, indirectamente nos suministra la música, mientras él se mece en su abuelita (mecedora) en el porche, susurrando y pulsando las cuerdas de su guitarra de acuerdo a la melodía que producen las trompetas y violines. (Así lo imagino yo) “Él pasa la noche feliz” comenta Doña Norma, “con su música y su botella de aguardiente.” Sigo imaginando una escena en una cantina de una película mexicana de los años cuarenta… es un compás lento, encantador y entristecido. No lo puedo explicar con más palabras pero son agradables esas noches sin luz; la antigüedad de Yalí se revela cada día más entrañable. En esas noches busco la manera de valer una vida sencilla.

xo Mariel